29 ago. 2017

Instinto animal.

Llevo más de media tarde sentada en el mismo sitio. Levantándome cada dos por tres a abrir y cerrar la ventana del comedor. Abrirla porque odio que el aire se condense y porque tengo tendida la ropa en las sillas de madera, cerrarla porque empieza a llover, una y otra vez. Me moría de ganas de que lloviera.
La mente se mueve aún más que las patas de la silla. ¿Cómo lo llevas? Pues mal.
El móvil hace eco. Menos mal que Boira dormita a mi lado en una toalla rosa con mi nombre bordado. Una toalla rosa, ¿en qué vida alguien decidió que una toalla rosa con mi nombre bordado sería lo que le iría a mi baño? La tía Liber creo, supongo que allá en los 90.

Me duele la espalda, se hace de noche, y de repente, me empieza a faltar el aire.
Mi cuerpo se defiende justo antes de que los recuerdos de la pesadilla de anoche vengan a mi mente.

He soñado que ella se suicidaba.

Andaba moviendo el culo en una mierda de partido de tenis con dos tíos a los que quería follarse, su hija, por detrás, le reclamaba atención.
En cierto momento alguien lanzaba la pelota muy alto y ella se ofrecía con su pantalón corto con el ribete blanco a ir a buscarla.
La pelota llegaba al último piso y su culo con ella. Se acercaba al borde. Su hija corría dentro del edificio a buscar caso en otros.
Bailaba en la cornisa como una vulgar prostituta, bueno yo que sé, quizá eso sea insultar a las prostitutas.
En uno de esos movimientos ordinarios, saltaba al vacío. Voluntariamente.
Giraba la cabeza a la derecha y me encontraba con la mirada de Javi, cerraba fuerte los ojos y dejaba de respirar. Las milésimas de segundo se hacían eternas. No quería que fuera un sueño.
Todavía puedo oír el crujir de los huesos al estamparse contra el suelo.
Exhalo y respiro tranquila. Me alegro de que se haya muerto. No me importa su hija. No miro el cadáver.
Entro en el edificio, sin corazón, y les digo que todo ha acabado.

Hace unos días alguien me dijo que porqué el proteger a mi familia como si fuera una fiera. ¿Y por qué no?
Siento que se pierden, que me pierdo, llevo mes y medio diluyéndome. No veo el día en que llegue mi avión, mi salvamento, mi droga, mi salida.

Acaricio la cola de Boira, miro las fotos que tengo enfrente, se me caen las lágrimas, lo más importante de mi vida vive en mi casa apoyado en el marco de la ventana.
En mi casa, que lejos está mi casa de la suya, de la mía. Que rara me siento cuando vuelvo, mi madre ha cambiado el ambientador y eso me hace sentirla como una desconocida. Mi cama no está, Cel ha engordado, ya no se sienta a mi lado en las siestas que me regalo antes de bajar a comer.
Los echo de menos a todas horas, y los quiero tanto que mataría a quién les hiciera daño, y ya procuro hacerlo, aunque sea en sueños.

13 jul. 2017

10 de julio de 2017.

El lunes, Vicent se hizo mayor.

Creo que nunca he escrito sobre Vicent. Y hoy, después de 3 días, me siento, por fín, un momento y me doy cuenta de que es raro, siendo una de las personas más importantes de mi vida y sin duda, la más especial.

Es imposible describir a Vicent. Podría pasarme toda la noche escribiendo una frase y al segundo borrarla porque no se acercaría lo más mínimo a lo que es en realidad, por eso he desistido antes de que hayan pasado siquiera 10 minutos de intentos fallidos.

El sábado nos invitaron los padres de Vicent a tomar café a su casa. Estábamos todos alrededor de la mesa riéndonos de las pintas que llevábamos en los recuerdos que guardan en su casa.
El sábado nos invitó a tomar café una familia normal y feliz, que hoy, que tan sólo estamos a jueves, tiene el corazón completamente roto.

Vicent me enseñó el sábado la primera foto que nos hicimos. Llevo una camiseta verde y un anillo blanco enorme de esos que se llevaban en 2005, él está dormido en la cuna del hospital y yo estoy asomada mirando a la cámara y sonriendo. Sonrío pero me da que no era, ni mucho menos, consciente de todo lo que lo iba a querer.
Y hasta el martes no fui consciente de todo lo que me duele y me dolerá verlo sufrir.

Hoy es jueves, estoy sentada, ahogándome en el balcón a miles de kilómetros de mi sueño de salvar a mi madre, aunque eso, hoy, parece ser lo de menos.

Hoy es jueves, estoy sentada, ahogándome en el balcón y pensando, como me dijo Vicent el martes, que todo es una mentira. Que todo esto no ha pasado y que todavía no es día 10, incluso que no es julio, que no hace un calor asfixiante que no casa con el desierto de hielo que se ha instalado en el interior de toda mi familia.

Estoy sentada en el balcón estirando el cuello y abriendo la boca al máximo para coger aire. Mi mecanismo preferido a la vez que inevitable cuando ese botón de camisa imaginaria me aprieta.

Hoy, llevo ahogándome desde el martes.

Hoy es jueves y el lunes se suicidó el tío de Vicent.

El lunes, Jorge decidió que todo lo que tenía no era suficiente.
No lo era su hija de 8 años, con su voz cantarina, su trenza rubia y su piel dorada. Ni su hermana. Ni sus dos hermanos, ni tampoco su madre. No lo eran sus cuatro sobrinos.
Y lo que me parece increíble y más extraño, ni siquiera Vicent era suficiente.

La gente dirá que no hay que juzgar, pero hoy no puedo evitarlo y a mi favor diré que estos tres días apenas me ha costado hacerlo, Vicent ocupaba toda mi atención. Pero hoy estoy sola y no tengo una mirada interrogante de 11 años apuntándome directamente al corazón y partiéndome el alma en mil pedazos.

Vicent lleva tres días sonriendo como puede y a medias. Intercalando preguntas para las que, desgraciadamente, no tengo respuesta con las que hace habitualmente y que ya son tan características.
Vicent ha pasado tres días conmigo y hasta cuando estaba dormido notaba que sus pensamientos iban a miles de kilómetros por hora.
Vicent no ha llorado ni una sola vez en estos tres días, temía que reprimiera su tristeza, pero lo cierto es que me ha hecho entender que únicamente hay que preocuparse por los vivos y eso es exactamente lo que se ha dedicado a hacer.
Su particular sensibilidad y preocupación por los demás se ha transformado en una fortaleza ejemplar de la que muchos adultos carecemos en momentos difíciles.
La verdad, no temo por él, pero no puedo soportar y me asfixia el que haya tenido que crecer de golpe, no es justo, no es lo que quiero para alguien a quién quiero tanto, aunque a él su nuevo rol es algo que no le ha importado lo más mínimo.

El lunes, a Vicent su tío le obligó a hacerse mayor. Hoy es jueves y mi rabia por ello llenaría todo el edificio.

20 mar. 2017

Esos ojos rojos que son todo pupila, la frente salpicada de un relieve de venas, la sonrisa con forma de cuchillo de mantequilla. Un par de pecas sueltas y perdidas al lado de la nariz, debajo del ojo izquierdo. Cruzármelos por la calle y seguir andando. Por la calle, o en sueños, y seguir andando. Aligerar el paso mientras el mundo sigue a cámara lenta.



"...¿de quién me estás hablando?..."

28 feb. 2017

no tengo la culpa,
de que esto se esfume cada mes,
como si fueran burbujas,
de champagne francés.

29 ene. 2017

1300 kilómetros

Despacio, me deslizo sin hacer ruido, sin dejarme ver, no respiro y que el aire no me delate. ¿Estás bien? Me aseguro y a la vez lo dudo.
Luz bajo la puerta y una almohada demasiado ruidosa. Doy vueltas, izquierda, derecha, me subo la cremallera blanca. El pitido que anuncia las horas en punto acaba de presentar las 4:00.
Silencio. Me ahogo. Cojo una bocanada de aire.
Las 4:01.
Me equivocaba, la peor es ésta.
¿Enero, ya te has ido?
Me encuentro mirándome golpear las uñas contra la mesa del bar esta mañana, ida, y ahora me ciega la luz del móvil.
Tengo sed. Y miedo. Me mojo los labios, suelto el aire. Estiro las sábanas, para taparme más arriba, más. Miro hacia dentro, más, más, nada. Dos lágrimas, hasta la manera de llorar me sabe a poco. A poco.
"Nunca para ti es suficiente, no puedo más." Gritas en mi cabeza. "No eres suficiente, no hay más". Ahora ando deprisa por Barcelona, llevo el jersey blanco y se me enredan los brazos y el odio en él. Te grito. La gente se vuelve a mirar. Me siento. Me falta el aire. Y tiempo. Sobretodo me falta tiempo.

22 ene. 2017

Pereza.

Vaciando el bolso me encuentro con los caramelos que había comprado esta tarde, desenvuelvo despacio uno, "a ver si se me va la amargura" -pienso- y pienso en mis dientes y en mi padre que siempre me riñe si me ve comiendo dulce después de las 10.
Le doy vueltas, lo empapo de saliva y a la vez me restriego fuerte la cara, la mitad de la cara, me miro, la otra mitad, el agua está caliente, dicen que si te lavas la cara con agua caliente la piel se arruga con el tiempo. El tiempo.
Cojo aire, de esa manera tan característica mía, lo dejo ir fuerte. "Qué mal me sienta el no trabajar" -me excuso- Si estoy varios días sin ir, siento que lo pierdo, ¿y cómo podría perder ahora lo más valioso? Lo más valioso, ¡qué tontería!
Siempre tengo esa 'absurda' sensación de que las cosas valiosas se me escapan. Siempre tengo la sensación (no tan absurda) que no las merezco. Cuánto me duele que en el corazón yo a nadie no.
Las huellas, las malas acciones, las equivocaciones, las malas elecciones. ¡Cómo me duelen! Mala, truena, mala, chirría.
Culpable.
De siempre, no recuerdo cuantos eneros, pero siento que mis pies siguen clavados, en diferente país, desde la ventanilla del coche, del tren, del avión. Los ojos marrones rozando poco a poco cada rincón del mundo.
¡Y qué suerte! Y siempre te hago reír, hasta cuando no me miras, y sé que te cansa escucharme, intentas alejarte desde la otra parte del sofá, y me monto encima de una ilusión, un rato, y sonrío, y al rato me asusto y me quiero bajar. Me quiero bajar para siempre, y esconderme, y que te enrolles en mi cuello y me des calor, y que no me entiendas pero ¿y qué? Verte dormir. Sin apretar los dientes. Mis dientes.
Y busco, hoy, que estoy fuerte, algo, para nada, pero lo necesito. Y no llega, y no llegará.
Fuerte, claro, ya...

11 ene. 2017

Apareces en el bar y te encuentro radiante, mucho más que otros días. Puede que sea porque te he echado de menos en el desayuno, desayunar en el bar es uno de esos pequeños placeres que me encanta compartir contigo. O igual es que estás hoy radiante, sin más. Vamos de aquí para allá, con nuestro paso más que ligero, no te das cuenta, muchos días termina doliéndome la cara, de tanto sonreírte. Desearía que a cada paso me dieras tu ya tan característico tirón de brazo para acercarme a ti y besarme. ¿Tú también lo notas? ¿También notas que cuando nos besamos todos los demás no existen? Por eso me gusta besarte en público, porque esa sensación se multiplica por mil.  Hoy es el primer día del resto de nuestra vida, bueno, como ayer lo fue, o como lo será mañana...pero hoy un poco más, o así lo siento yo, porque para más ilusión ya no me queda sitio, por compartir contigo pequeños gestos, pequeñas discusiones en las que termino de morros y un segundo después aprieto los labios fuerte para que no veas que me río, compartir la comida, mis suspiros, incluso por fin...un café, proyectos, algo de miedo y todas las ganas del mundo.

1 nov. 2016

Hola, he vuelto, quizá algo más pronto de lo que quisiera. Acabo de despertar del coma, pero aún no puedo moverme. Trago saliva y me invade una sensación de felicidad que apena dura un segundo, estoy viva. Pero... Siempre hay un pero.
Lo último que recuerdo es mi cuerpo chocando contra el suyo a toda velocidad, quedarme tendida en el suelo, desnuda, como en esas pesadillas, intentando gritar y la voz muriendo en la garganta antes de ver la luz. Después las lágrimas intentando agarrarse sin éxito a mis sienes para caer en los oídos y ahogar el sonido. Más tarde, todo se hizo negro. Me dejé querer, me dejé alimentar, limpiar, curar y follar. Hasta hoy.

26 jun. 2016

Odio que tu corazón se me escape.

30 may. 2016

#rememberwhen

A veces se me olvida que he tenido 22, que vivía en el primer piso del número 65 de la calle Tapioles, una de esas que suben a Montjuic desde el Paral.lel. Se me olvida que me mordía las uñas, me las pintaba de azul hortera, era enfermera de quirófano y llevaba flequillo. Que tenía las pestañas largas y que me acostaba con independentistas que escribían canciones de rap para su abuela, (casi res). Que usaba sombra de ojos negra a diario y fumaba marihuana cuando él aparecía en Sants e ibamos a montar nuestra gresca particular al Razzmatazz, que luego me sujetaba la cabeza cuando vomitaba y así hacíamos las paces. Y nos creíamos de película en las Ramblas, ya ves tú.
Se me olvida y veo las fotos y me acuerdo que de aquello no aprendí nada más que a sujetarme la cabeza yo misma cuando me paso tres pueblos con la ginebra, y casi que tampoco...