15 ago. 2011

Barro.

Una noche más de vomitar por las esquinas. De vómitos perfectos, sin el mal sabor de boca de después. Como si supiera hacerlo y estuviera premeditado.
No lo voy a negar, hubiera pagado mucho dinero para que hubiera alguien en la puerta de mi casa esperándome, para abrazarme y llorar como un niño al que le va la vida en aquello por lo que sufre. Para desvanecerme en unos brazos con unas manos que me acarician el pelo y me susurran que todo irá bien. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar.
La verdad es que no tengo palabras para explicar como me siento, y tampoco es nada bonito, por eso salen textos así.
Creo que he perdido todo aquello que era, y me he quedado en un mísero cuerpo con los ojos fijados en el andar de los pies de la gente...

6 ago. 2011

Lo esencial es invisible a los ojos.

—Sois bellas, pero estáis vacías —continuó—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.