22 ene. 2017

Pereza.

Vaciando el bolso me encuentro con los caramelos que había comprado esta tarde, desenvuelvo despacio uno, "a ver si se me va la amargura" -pienso- y pienso en mis dientes y en mi padre que siempre me riñe si me ve comiendo dulce después de las 10.
Le doy vueltas, lo empapo de saliva y a la vez me restriego fuerte la cara, la mitad de la cara, me miro, la otra mitad, el agua está caliente, dicen que si te lavas la cara con agua caliente la piel se arruga con el tiempo. El tiempo.
Cojo aire, de esa manera tan característica mía, lo dejo ir fuerte. "Qué mal me sienta el no trabajar" -me excuso- Si estoy varios días sin ir, siento que lo pierdo, ¿y cómo podría perder ahora lo más valioso? Lo más valioso, ¡qué tontería!
Siempre tengo esa 'absurda' sensación de que las cosas valiosas se me escapan. Siempre tengo la sensación (no tan absurda) que no las merezco. Cuánto me duele que en el corazón yo a nadie no.
Las huellas, las malas acciones, las equivocaciones, las malas elecciones. ¡Cómo me duelen! Mala, truena, mala, chirría.
Culpable.
De siempre, no recuerdo cuantos eneros, pero siento que mis pies siguen clavados, en diferente país, desde la ventanilla del coche, del tren, del avión. Los ojos marrones rozando poco a poco cada rincón del mundo.
¡Y qué suerte! Y siempre te hago reír, hasta cuando no me miras, y sé que te cansa escucharme, intentas alejarte desde la otra parte del sofá, y me monto encima de una ilusión, un rato, y sonrío, y al rato me asusto y me quiero bajar. Me quiero bajar para siempre, y esconderme, y que te enrolles en mi cuello y me des calor, y que no me entiendas pero ¿y qué? Verte dormir. Sin apretar los dientes. Mis dientes.
Y busco, hoy, que estoy fuerte, algo, para nada, pero lo necesito. Y no llega, y no llegará.
Fuerte, claro, ya...

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