13 jul. 2017

10 de julio de 2017.

El lunes, Vicent se hizo mayor.

Creo que nunca he escrito sobre Vicent. Y hoy, después de 3 días, me siento, por fín, un momento y me doy cuenta de que es raro, siendo una de las personas más importantes de mi vida y sin duda, la más especial.

Es imposible describir a Vicent. Podría pasarme toda la noche escribiendo una frase y al segundo borrarla porque no se acercaría lo más mínimo a lo que es en realidad, por eso he desistido antes de que hayan pasado siquiera 10 minutos de intentos fallidos.

El sábado nos invitaron los padres de Vicent a tomar café a su casa. Estábamos todos alrededor de la mesa riéndonos de las pintas que llevábamos en los recuerdos que guardan en su casa.
El sábado nos invitó a tomar café una familia normal y feliz, que hoy, que tan sólo estamos a jueves, tiene el corazón completamente roto.

Vicent me enseñó el sábado la primera foto que nos hicimos. Llevo una camiseta verde y un anillo blanco enorme de esos que se llevaban en 2005, él está dormido en la cuna del hospital y yo estoy asomada mirando a la cámara y sonriendo. Sonrío pero me da que no era, ni mucho menos, consciente de todo lo que lo iba a querer.
Y hasta el martes no fui consciente de todo lo que me duele y me dolerá verlo sufrir.

Hoy es jueves, estoy sentada, ahogándome en el balcón a miles de kilómetros de mi sueño de salvar a mi madre, aunque eso, hoy, parece ser lo de menos.

Hoy es jueves, estoy sentada, ahogándome en el balcón y pensando, como me dijo Vicent el martes, que todo es una mentira. Que todo esto no ha pasado y que todavía no es día 10, incluso que no es julio, que no hace un calor asfixiante que no casa con el desierto de hielo que se ha instalado en el interior de toda mi familia.

Estoy sentada en el balcón estirando el cuello y abriendo la boca al máximo para coger aire. Mi mecanismo preferido a la vez que inevitable cuando ese botón de camisa imaginaria me aprieta.

Hoy, llevo ahogándome desde el martes.

Hoy es jueves y el lunes se suicidó el tío de Vicent.

El lunes, Jorge decidió que todo lo que tenía no era suficiente.
No lo era su hija de 8 años, con su voz cantarina, su trenza rubia y su piel dorada. Ni su hermana. Ni sus dos hermanos, ni tampoco su madre. No lo eran sus cuatro sobrinos.
Y lo que me parece increíble y más extraño, ni siquiera Vicent era suficiente.

La gente dirá que no hay que juzgar, pero hoy no puedo evitarlo y a mi favor diré que estos tres días apenas me ha costado hacerlo, Vicent ocupaba toda mi atención. Pero hoy estoy sola y no tengo una mirada interrogante de 11 años apuntándome directamente al corazón y partiéndome el alma en mil pedazos.

Vicent lleva tres días sonriendo como puede y a medias. Intercalando preguntas para las que, desgraciadamente, no tengo respuesta con las que hace habitualmente y que ya son tan características.
Vicent ha pasado tres días conmigo y hasta cuando estaba dormido notaba que sus pensamientos iban a miles de kilómetros por hora.
Vicent no ha llorado ni una sola vez en estos tres días, temía que reprimiera su tristeza, pero lo cierto es que me ha hecho entender que únicamente hay que preocuparse por los vivos y eso es exactamente lo que se ha dedicado a hacer.
Su particular sensibilidad y preocupación por los demás se ha transformado en una fortaleza ejemplar de la que muchos adultos carecemos en momentos difíciles.
La verdad, no temo por él, pero no puedo soportar y me asfixia el que haya tenido que crecer de golpe, no es justo, no es lo que quiero para alguien a quién quiero tanto, aunque a él su nuevo rol es algo que no le ha importado lo más mínimo.

El lunes, a Vicent su tío le obligó a hacerse mayor. Hoy es jueves y mi rabia por ello llenaría todo el edificio.